Ando desde Catalunya a Diputació 48 en poco rato. Son solo 2 kilómetros y llueve. Es miércoles, y lo de coincidir hoy ha sido una carambola. Mientras espero de pie me entretengo leyendo un paper sobre criptografía de llave pública, hasta que la veo llegar a lo lejos por la otra acera. Cuando me fijo en como avanza con su chaqueta roja me doy cuenta de que su mismo nombre es ya un espejismo. Es como si la afinidad extrema nos predispusiera a entender del mismo modo todo lo que observamos.
Durante el tiempo transcurrido en la exposición nos tocamos y nuestras manos se juntan. Romper la cercanía del espacio se convierte en algo necesario, como el sumergirnos en las fotografías de la liberación de París que tienen una fuerza increíble. Parece que fue ayer que la tiranía y la mentira cayeron y hubo quien se supo imponer al prejuicio y a la pobreza para salir adelante, quedando maltrechos y con heridas visibles, pero con la conciencia entera, como lo hizo la misma ciudad del Sena.
Nos vamos, y ajusto el asiento del copiloto mientras le ofrezco galletas que he hecho cambiando la mantequilla por crema de cacahuete. Todo es adaptable, también la cena que he preparado. He hecho demasiada comida y con los nervios he olvidado sacar el paté de alcachofa de la nevera. Durante la comida hablamos todo el rato, y nos aflora el sentimiento común de ser disidentes y fugitivos de un trato injusto y del desprecio.
Se queda toda la noche, y abrazados pasamos las horas escuchando Black Hair de Cave y los Seeds, mientras nos dormimos. Mi frente reposa sobre su nuca, y entre la ensoñación y el espacio onírico mi mente hace un símil entre el color de su pelo y las fotografías de Lee Miller en París, y así, ya sumido en el sueño percibo que su sonrisa inmensa visita mis ojos y me besa, y entonces despierto y compruebo que está a mi lado.
Enric